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    2018-11-13

    La composición del ámbito doméstico acarrea tras de sí una forma de clausura milenaria, por lo que no es asunto menor considerar que las paredes de las habitaciones de la vivienda estén impregnadas de un modo de existencia femenina que les recuerda en todo momento que no se pertenecen. Perrot (2011) afirma que la habitación interior es donde transcurre la vida normal de las mujeres y que paradójicamente será el lugar en el que actúan más para los demás que para sí mismas. Absortas totalmente en el trabajo de cuidado y en la preservación de la dignidad del hogar, Perrot se pregunta de qué forma las mujeres logran hacerse de un espacio propio, si piensan en ello, si resulta factible encontrarlo. Al menos, lo que está claro es que el supuesto espacio privado no será el lugar en el que las mujeres hayan podido construir ni desarrollar una subjetividad desvinculada de la esfera familiar. La fuerza ideológica que mantiene la creencia generalizada según la cual la vivienda es el lugar de las mujeres ha hecho que los estudios arquitectónicos y urbanos, en lugar de buscar la causa que ello implica, se ciñan glibenclamide concebirla y a naturalizarla como el espacio de la acción femenina. De esta manera, la identidad femenina quedará anquilosada en la interioridad de la vivienda que, a decir de Del Valle (1996), se traducirá en un origen espacial y en un punto de partida y llegada desde el que se regularán todos los desplazamientos. Pero además, esta interioridad se volverá metáfora de su propia subjetividad, pues el mundo exterior glibenclamide solo tendrá sentido si se encuentra conceptuado desde el mundo interior. En efecto, la estancia femenina en el espacio público solo ha podido entenderse como una estancia transitoria, efímera, que halla su razón en la extensión de las actividades que las mujeres realizan en el espacio interior (Del Valle, 1996). Lo femenino y su representación espacial, lo cerrado, han ido acumulando tras de sí un vínculo que la cultura traduce en una oclusión generalizada, pues bajo la sombra del racionalismo, todo conjunto, es decir, toda agrupación de objetos o conceptos, contempla dentro de sí la dicotomización interior-exterior. En este sentido, cada espacio será a stomatal apparatus su vez subdividido en subconjuntos interiores-exteriores que sin excepción irán replegando constantemente a lo femenino hacia los interiores invisibilizados. Al ser desalojada siempre de un espacio propio, la mayoría de las mujeres acude en resistencia a los objetos personales:
    El criterio funcional El arquetipo de vivienda que ha sido difundido desde los albores del siglo xx es aquel que se pretende único para satisfacer las necesidades humanas, partiendo de la idea de su universalidad. Por ello, la idea de diseñar una vivienda que satisficiera este fin surgiría de la necesidad de optimizar la recuperación y el mantenimiento de la fuerza de trabajo y de reducir la vida humana a los requerimientos fisiológicos necesarios para trabajar. La lógica mecanicista, que imperó en las primeras décadas del siglo xx, impregnó todas las dimensiones de la vida humana, por lo que fue relativamente sencillo homologar el cuerpo con una máquina que tiene un fin. Así, el objetivo de este cuerpo será trabajar y consumir. Cabe entonces preguntarnos: ¿de qué forma las necesidades biológicas se convirtieron en un criterio de diseño y cómo este criterio ha contribuido a generar la desigualdad entre los sexos? Para responder comencemos planteando que la tríada espacial cocina-recámara-baño, mencionada anteriormente, esencia de la vivienda moderna, fue el resultado de la fusión de dos corrientes del pensamiento que impactaron en la arquitectura y en la política liberal del siglo xix: el positivismo y el higienismo. Dos discursos que han determinando en gran medida las pautas de diseño con las que se proyecta esta vivienda en todo el mundo occidental y que han promovido y motivado, sin manifestarlo explícitamente, la subordinación femenina.