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    2018-11-13

    De acuerdo con el modelo de la Johns Hopkins, el nacimiento de un bebé intersexual, hoy en día, se considera una urgencia psicosocial que lleva p-Cresyl sulfate actuar a un equipo multidisciplinar de especialistas intersexuales. Cabe resaltar que este está conformado por cirujanos y endocrinólogos, más que por psicólogos, bioéticos, representantes de organizaciones de apoyo a los intersexuales o padres de bebés intersexuales. El equipo examina al bebé y elige varón o mujer como sexo de asignación, y entonces informa a los padres que ese es el sexo verdadero del recién nacido. La tecnología médica, la cual incluye cirugía y tratamientos hormonales, se utiliza entonces para hacer que el cuerpo del bebé se conforme lo máximo posible a ese sexo. El tipo de desviación de las normas sexuales exhibido por los intersexuales está en tal medida estigmatizado que la probabilidad esperada de daño emocional debido al rechazo social proporciona al médico el argumento más convincente para justificar intervenciones quirúrgicas innecesarias en términos médicos. El estatus intersexual es considerado tan incompatible con la salud emocional que la distorsión, el ocultamiento de hechos y las mentiras abiertas (tanto a los padres como más tarde a la persona intersexual) se aconsejan con descaro en la bibliografía profesional médica (Dewhurst y Grant 1984: 1191-1194; Natarajan 1996: 568-570; Mazur 1983: 417-422; : 9-17). Pero el encubrimiento sistemático de los nacimientos intersexuales y del uso de técnicas violentas para normalizar sus cuerpos ha causado un profundo daño emocional y físico a los intersexuales y a sus familias. El daño comienza cuando el nacimiento se trata como una crisis médica, y las consecuencias de ese tratamiento inicial se prolongan para siempre. El impacto de este tratamiento es tan devastador que, hasta hace sólo unos cuantos años, las personas cuyas vidas habían sido tocadas por la intersexualidad mantenían en silencio su sufrimiento. Hasta hace muy poco, apenas 1993, nadie había criticado públicamente al cirujano Milton Edgerton cuando escribió que, en 40 años de cirugía clitoridiana en intersexuales, “nadie se había quejado de la pérdida de sensación, incluso cuando se eliminó el clítoris por completo” (Edgerton 1993: 956). La trágica ironía es que, mientras la anatomía intersexual implica en ocasiones un problema médico subyacente, tal como una disfunción adrenal, los genitales ambiguos no son en sí mismos dolorosos ni dañinos para la salud. La cirugía es, en esencia, un proceso destructivo. Puede eliminar y, en un grado limitado, recolocar los tejidos, pero no puede crear nuevas estructuras. Esta limitación técnica, junto con la conformación de lo femenino como una condición de falta, lleva a antinutrients los médicos a asignar como mujeres a 90% de los bebés anatómicamente ambiguos mediante la eliminación de tejido genital. Miembros del equipo intersexual de la Johns Hopkins han justificado la asignación como mujer, argumentando que “puedes hacer un agujero, pero no puedes construir una verga” (Hendricks 1993: 10-16). Esfuerzos realmente heroicos sostienen un tenue estatus masculino para el 10% restante asignado como varón, sujeto a múltiples operaciones —22, en un caso (: 539-544)— con el objetivo de normalizar el pene y construir una uretra que permita orinar de pie. Para algunos, las cirugías terminan sólo cuando el niño o la niña crece lo suficiente como para resistirse (McClintock 1997: 53-54). Los recién nacidos asignados al sexo femenino son sujetos a una cirugía que elimina el problemático clítoris hipertrofiado (el mismo tejido que habría sido un problemático micropene si el bebé hubiera sido asignado como varón). Durante la década de los 60, la cirugía genital pediátrica feminizante era abiertamente etiquetada como clitorectomía, y se le comparaba de forma positiva con las prácticas africanas que en fechas recientes han sido foco de tan intenso escrutinio. Como tres cirujanos de Harvard afirmaban, “la evidencia de que el clítoris no es esencial para el coito normal se puede obtener de ciertos datos sociológicos. Por ejemplo, es costumbre en numerosas tribus africanas extirpar el clítoris y otras partes de los genitales externos. Sin embargo, se observa una función sexual normal en estas mujeres” (Gross, Randolph y Crigler 1966: 300-308). Una operación modificada que elimina la mayor parte del clítoris y recoloca una parte de su extremo se denomina diversamente (y de forma eufemística) clitoroplastia, reducción clitoridiana o recesión clitoridiana, y se le describe como un simple procedimiento estético para diferenciarlo de la hoy infame clitorectomía. Sin embargo, la operación dista mucho de ser benigna. Aquí presento un resumen un tanto simplificado (en mis propias palabras) de la técnica quirúrgica —recomendada por los cirujanos Oesterling, Gearhart y Jeffs de la Johns Hopkins— que es representativo de la operación: