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  • Sor Juana cuyo genio era para Vigil indudablemente

    2019-04-15

    Sor Juana, cuyo genio era para Vigil indudablemente “antimonacal” —recordemos que estamos en pleno periodo posterior carboxypeptidase b las leyes de desamortización de los bienes eclesiásticos— tuvo que tomar una decisión “dictada por las exigencias de su sociedad”, por ello, continúa Vigil, si hubiese nacido “en nuestro siglo y en un país como los Estados Unidos, en donde la mujer es suficientemente respetada para gozar de una posición independiente” (453), seguramente hubiera podido realizar el ideal de su vida, es decir, hubiera podido vivir sola. Como no fue el caso, optó por la solución que más le convenía: tomar los hábitos. Aquí cabe señalar un pequeño paréntesis a futuro: ésta será la interpretación que Paz defenderá cien años después en su libro sobre la monja novohispana. Toda la semblanza que Vigil hace de la monja está dirigida a mostrar la capacidad intelectual y filosófica de ésta, su carboxypeptidase b excepcionalidad y la injusticia de la época en la que le tocó vivir, y que no le permitió su pleno desarrollo. La es para éste un “documento precioso” en el cual se puede conocer: “su privilegiada inteligencia, los sufrimientos de aquella alma inmensa, que en contradicción abierta con todo lo que la rodeaba, no podía ni siquiera darle vuelo a sus más legítimas e inocentes aspiraciones” (453). La exaltación de la figura de sor Juana se ve claramente en las palabras de admiración dirigidas por el intelectual jalisciense, la cual es considerada una figura excepcional, nacida en la época equivocada. Asimismo, éste señala constantemente cómo esa época de represión había sido felizmente en la era moderna de la nación mexicana. Por ejemplo, al referirse a la polémica desatada por la crítica que sor Juana realiza al sermón de Vieyra, señala: “En una época de libre discusión y de examen ilimitado como la nuestra, apenas puede comprenderse y valorizarse semejante gesto de audacia por parte de una mujer, que sólo contaba con las fuerzas de su inteligencia, en medio de una sociedad ignorante y fanática, en que dominaba sin contrapeso el sombrío poder de la Inquisición” (457). En cuanto a los comentarios sobre sus poemas, podemos encontrar el mismo afán por destacar su valor intelectual y filosófico, hecho que se constata con la introducción de varios ejemplos a Proteolytic partir de los cuales Vigil concluye que la monja bien ameritó la fama que tuvo en su época: Vigil invita de este modo a valorar las producciones de sor Juana, señalado que “son muy pocas las faltas de buen gusto que la decadencia habitual había introducido al estilo literario” (467). Está claro que bajo el “buen gusto” defendido por Vigil, el sale mal parado en su crítica —como en todas las críticas realizadas durante el siglo , y habría que decirlo, también en la apreciación de Amado Nervo— cuya poca calidad es atribuida a la imitación que puede verse en éste del poema de Góngora, y el cual, señala el crítico, difiere enormemente de sus otras composiciones.
    El 27 de octubre de 1966 Max Aub estaba de viaje en Europa. Iría, unos días después, a Israel, a donde había sido invitado por la para dictar un curso sobre la historia y cultura de México en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Pero se encontraba, aún, en París. Allí, según deja constancia en su diario, se encontró con Jaime Torres Bodet. Y anotó: Luego, Aub describe la estampa de Torres Bodet, “cansado, en pijama, abatido”, y los signos que el mexicano presiente de su muerte cercana (aunque moriría el 13 de mayo de 1974, casi dos años después que Max Aub, fallecido el 22 de julio de 1972). Pero, desde luego, interesa ahora el breve diálogo citado. Interesa, en primer lugar, porque dice que el curso sería sobre la “revolución”; sin embargo, en su carácter de escritor, Aub trataría más que nada (las notas del período en su diario lo prueban) sobre la “narrativa de la revolución” mexicana. De hecho, del desarrollo de lo que enseñaría en Israel, del 6 de noviembre de 1966 al 21 de febrero de 1967, Max Aub compondría la () y el ensayo sobre “algunos aspectos de la novela de la Revolución mexicana” () que escribió con el apoyo de una beca de la Fundación Guggenheim y que publicó en 1969 y 1971 respectivamente. Sea como sea, esta “mixtura”, este deslizamiento, entre el hecho histórico y su representación literaria, nada sorprendente para un lector que conozca su obra; dice mucho sobre las dificultades, las “trampas” diríamos, que enfrenta quien quiera analizar cómo Aub veía la Revolución mexicana.