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    2019-05-06

    De esta forma, siguiendo la multicitada metáfora de Hemingway, el relato policiaco es solamente la punta del iceberg, mientras que los excesos de la política se encuentran debajo del mar (de lama). El relato policíaco, entonces, no es sólo un “pretexto narrativo”, o una simple guía para el lector menos avispado, es en realidad un marcapasos que antecede, impulsa y conmueve al relato histórico —finalmente ficcional, también, no hay que olvidarlo— que logra impregnar en el lector las vicisitudes históricas en las que se desenvuelve la trama: los últimos días del gobierno de Getúlio Vargas; caracterizado por la corrupción política y policíaca, el poder y la influencia que han ganado empresarios sin escrúpulos, por un lado, y los bicheiros vengativos, por el otro; la impunidad que muestra su faz más sardónica en la deliciosa libertad que disfrutan los delincuentes de cuello blanco, mientras las prisiones se atiborran de miserables; en fin, en palabras del diputado opositor Otávio Mangabeira (el de la novela): ¿A qué “nivel de asesinato” se refiere Mangabeira? Dicta un dicho popular en aquel país que “agosto é o mês do disgosto”, y así quedó establecido para la clase política, ya que este mes quedó marcado en la historia de Brasil como un mal mes astral, debido Calcitriol que el día 5 de agosto de 1954 aconteció un intento de asesinato en contra de Carlos Lacerda: dueño y columnista del periódico Tribuna da Imprensa, marcadamente opositor del gobierno de Vargas, y diputado federal por la União Democrática Nacional (udn). El creador de la célebre frase “mar de lama” —traducida literalmente al español como “mar de lodo”, aunque perfectamente entendible como “mar de mierda”— fue herido en el pie por un hombre que acechaba desde la oscuridad, aunque eso no le impidió responder con su propia arma. Si bien el solo atentado en contra de Lacerda representaba de facto un desequilibrio para el régimen getulista, lo que verdaderamente desbordó los ánimos de la milicia, en esencia de la Fuerza Aérea, fue la muerte de Rubens Florentino Vaz, mayor de esta institución que acompañaba (¿o resguardaba?) a Lacerda durante el ataque. El incidente fue conocido como “El atentado de la calle Tonelero” y originó una serie de movimientos sociales y pugnas políticas que exigían la inmediata dimisión del presidente Getúlio Vargas, acusado como el autor intelectual del atentado, y que culminaría con su suicidio 19 días después. Aunque las acusaciones sobre la propiedad intelectual del atentado en contra de Vargas no fueron del todo fundamentadas, la responsabilidad real del crimen recayó sobre Gregorio Fortunato y Climerio Euribes de Almeida, guardias personales del presidente, quienes (aparentemente) motu propio decidieron la ofensiva en contra de Lacerda quien a Intervening sequence su vez, en las columnas de la Tribuna da Imprensa, lanzaba críticas cada vez más severas y destructivas al gobierno. Pero para ello eligieron a un pistolero poco capaz y desesperado económicamente, el carpintero Alcino João do Nascimento, lo que a la larga significaría el fracaso total del atentado y se establecería como la causa inmediata, mas no de fondo, del fin de la era getulista. Recordamos un pasaje de Agosto en el que el brujo Papá Miguel le dice al comisario Mattos: “Esse trabalho de tirar o encosto também pode ser feito nas primeras horas do mês de agosto. O mês de agosto é um mês bom pros espíritos baixarem” (Agosto, p. 206). Las palabras del brujo son un insight premonitorio, únicamente en la narración, que el autor se puede permitir por la distancia que existe entre el tiempo de lo narrado y el tiempo de la escritura, enunciadas días antes de ser narrado el 24 de agosto de 1954: el día en el que Getúlio Vargas se dio un tiro en el corazón, después de redactar a mano una sentida carta de despedida que abre con la contundente frase: “deixo à sanha dos meus inimigos o legado da minha morte”. En esta carta, encontrada poco tiempo después de su deceso, acudimos a la despedida del hombre, del padre, de Getúlio. Por su parte, la despedida del político, del presidente Vargas, la encontramos en una carta-testamento dactilografiada —de la cual se duda de su autenticidad— y presuntamente confiada a su amigo más cercano, José Soares Maciel Filho. Leída de forma emotiva durante su entierro por João Goulart —ministro de Trabajo del gobierno de Vargas, y posterior presidente de la República (1961-1964)— y difundida ampliamente en la radio, bajo la voz de Tancredo Neves —presidente electo de Brasil en 1985, después del régimen militar, que no llegó a asumir el cargo—, prácticamente con la intención de invocar la revuelta popular al hacer del presidente muerto un héroe de la República. En ésta encontramos a un hombre profundamente abatido, pero también desafiante, cerrando con las siguientes palabras: