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    2019-05-16

    Al frente de esa disputa, Jorge Cuesta mostró que la verdadera tradición mexicana no era nacionalista sino cosmopolita, universal; sin duda, estos poemas de Hora y 20, por lo menos, ayudan crizotinib comprender la avidez por romper los límites que prevalecía en la mentalidad poética de los Contemporáneos. Unos, fundidos a la imagen de la fijeza corporal y del vuelo mental (Villaurrutia, Cuesta), otros, yendo de aquí para allá, en andanzas que perpetuarían su desarraigo (Owen) o su propensión a dilatar la frontera emocional y geográfica (Pellicer), eran, de una u otra manera, los Ulises mexicanos. Así que para Novo, Villaurrutia y los otros integrantes del “grupo sin grupo”, una revista con el nombre de Ulises implicó, a su vez, asumir el tránsito vital como una aventura imprevisible, una mezcla de horror y seducción, subsumidos por la energía transformadora que el verbo viajar producía en sus mentes y sus cuerpos: “Pellicer viajando por Europa, Novo viajando hacia Hawai y hacia su pasado, Villaurrutia y Torri en el viaje inmóvil alrededor de la recámara, Cuesta y Owen en el sinuoso viaje por uno mismo, todos reivindican la compulsión al viaje, que es decir a la duda, la crítica y la curiosidad” (Sheridan: 284). He dicho que el léxico del poema es sencillo. No obstante, las imágenes permiten reconocer la pugna textual que hay entre la palabra de estirpe modernista: “La Torre de Stambul cazó luceros / y en los jardines fúnebres del Bósforo / se estilizan los lirios prisioneros” (vv. 100-103), frente a las visiones que acercan a Pellicer a las innovaciones de la vanguardia: “pierna blanca a la orilla del espejo” (v. 94); “como altos trenes sobre pequeñas cosas” (v. 192). En este sentido, es posible considerar que hubo evolución en el estilo de Pellicer. De su poesía se podía asegurar que tenía “carácter heroico y americanista”, tal como señaló Gabriela Mistral en 1926, pero pocos meses después, con la aparición de Hora y 20, Pellicer mostró que, si aún le agradaba poetizar sobre personajes heroicos o redescubrir la naturaleza, con un tono ampuloso, también tenía deseos de atravesar las arenas movedizas de la experiencia vanguardista. Por lo demás, cabe recordar su inclusión en Índice de la nueva poesía americana (1926), considerada como una antología que ofrece pistas definitivas sobre la penetración de la vanguardia en Latinoamérica. En el umbral de estas persuasiones que marcan el conficto entre la tradición y la renovación, “Variaciones…” conserva el diálogo inteligente con el hacer poético. Pellicer no descarta la reflexión implícita, y presenta un conjunto de condiciones que hacen del poema de viaje un pretexto adecuado para consignar su poética: “A la suntuosa ortografía evito / de tanto nombre hermoso y bien empleado, / conexión estelar, ritmo infinito” (vv. 85-87); líneas más abajo añade versos que vienen a Meissner's corpuscles ratificar el influjo de Dante y la terza rima de su Comedia: “Liado o libre el terceto es una caja / que estalla en joyas junto al viejo puente / y que por rutas fabulosas viaja” (vv. 109-111). Pero la afición de Pellicer por los colores, las representaciones visuales y los juegos vanguardistas queda testimoniada en “Semana holandesa”: El viaje a los Países Bajos confirma la opinión de Pellicer López. Por medio de siete poemas que, por su libertad expresiva, parecen escritos “en mangas de camisa”, Pellicer rinde homenaje a Holanda y sus pintores. La composición tiene 102 versos de diferente medida —entre tres y catorce sílabas métricas. Con todo, es pertinente anunciar el asombro que aún causan los experimentos textuales propuestos por Pellicer en las siete partes de “Semana holandesa”, uno de los poemas latinoamericanos que permite rastrear ampliamente las huellas del clima vanguardista en que fue escrito. La forma de collage de “Sábado”, en especial, se puede filiar a los hallazgos técnicos de Alcoholes (1913) de Apollinaire, Ulises (1922) de Joyce y Tierra baldía (1922) de Eliot. El poeta mexicano no solo desata la rima, atada cuidadosamente en “Variaciones…”, sino que acude a registros diversos para dar a conocer lo que escucha, siente e invade su mirada; una comprensión simultánea de la realidad donde se intercalan olores, colores, emociones: barcos que entran y salen del puerto, cargando y descargando su equipaje, nombres de periódicos de diferentes países, datos estadísticos, giros coloquiales. Apegado a lo cotidiano, Pellicer se deja seducir en “Sábado” por el regocijo, por la algarabía que rodea, despierta y enciende sus sentidos: “Unos enanos pintan una proa enorme. / Desembarcan loros de Java / gritando en portugués” (vv. 52-54), “Nos veremos a las 7 en Kalverstraat. / No puedo porque voy a la Sinagoga” (vv. 61-62). Hay, además, otros momentos de “Semana…” de gran concreción que recuerdan el efecto del haikú, cuya intención formal había sido recreada para la poesía latinoamericana, unos años antes de la escritura de “Semana…”, por J. J. Tablada: “Es la hora cero. / Circulan idiomas / y se van por las bocas del museo” (vv. 18-20), “El canal se lleva / pedazos de biblioteca / para darle de comer al molino” (vv. 28-30). Estas son metonimia de lo instantáneo, visiones vanguardistas que transmiten el impacto de las cosas que fluyen a cada paso. Entre el conjunto de las elaboraciones coloridas, hay versos divertidos que completan el tono vigoroso del poema: “Pasa una vaca poderosa / con aretes y corsé” (vv. 55-56), “Reverencio al pescado, / brillante caballero medioeval” (vv. 74-75).